Resiliencia

INTERÉS Y APLICABILIDAD DEL ENFOQUE DE LA RESILIENCIA EN LA PREVENCIÓN DE LA CONFLICTIVIDAD EN MENORES.

Basándome en cuantiosos estudios puedo decir que se ha demostrado que la resiliencia es una habilidad que ha provocado que numerosos niños y niñas hayan superado una situación trágica (como la muerte de un familiar, la separación de sus padres, maltrato…) de una manera sobrenatural, sin ocasionarle secuela alguna.

Viendo lo que es capaz de generar el adecuado uso de esta habilidad se demuestra la importancia que tiene su desarrollo en los/as niños/as, sobretodo en los menores en situación de riesgo, de desamparo e incluso en situación de conflictividad, ya que a través de ella le ayudan a canalizar ese dolor o angustia llegando a generar una coraza que cada vez se hace más fuerte e inaccesible para aquellos actos o sentimientos que le puedan ocasionar daño alguno. Por ello, creo que es imprescindible fomentar el concepto de resiliencia durante el desarrollo, tanto cognitivo como afectivo, del individuo que entra en el sistema de protección o de reforma ya que se presupone que ha pasado, en su infancia o adolescencia, por una situación de exposición a un riesgo importante, ya sea una pérdida o un trauma; que gracias a estos mecanismos adaptativos hacen que se supere esa situación y que puedan conseguir llevar una vida normal de adulto.

Teniendo en cuenta que la resiliencia es un proceso interactivo entre el niño y su medio, diré que ésta surge a través del aprendizaje. Por ello, tendríamos que tener en cuenta diversos factores que nos facilitarían el desarrollo de este concepto, sin olvidar lo efectiva que podría ser la prevención.

Para que un programa preventivo tenga éxito debe basarse en las siguientes pautas: las cualidades personales propias del niño (sin olvidar la autonomía y la autoestima), los aspectos de su familia (a través de intervenciones familiares) y las características de su amplio ambiente social (en la escuela: a través de programas de convivencia y diversidad; y en el resto: a través de intervenciones comunitarias). Como todavía se mantiene en duda que si la resiliencia es un rasgo de la personalidad o un patrón de conducta trabajaríamos en la interacción entre las características biológicas del niño y su personalidad, sus influencias ambientales y sus experiencias, y la habilidad que tiene el niño de madurar psicológicamente. Teniendo en cuenta que según el ambiente en el que el niño/a viva su capacidad de resiliencia va a desembocar en una u otra determinada conducta.

Además, de esto hay que tener en cuenta que es importante reforzar fuentes de apoyo y afecto, favorecer la comunicación y las habilidades de resolución de problemas, ya que son factores que les pueden servir de protección ante una situación indeseada.

Estudios como el de Wolchik et al. (2002) demuestran que a los jóvenes a los que se les aplicó un programa preventivo tenían menor consumo de alcohol, marihuana y otras drogas, respecto al grupo de control, así como reducción en los problemas de externalización, problemas de salud mental y número de parejas sexuales, todos ellos considerados elementos favorables para una buena salud o para la reducción de riesgos en la salud.

Tal es así que pienso que “una capacidad universal que permite a una persona, grupo o comunidad prevenir, minimizar o superar los efectos perjudiciales de la adversidad” debería ser explotada ya que la mayoría de los niños y niñas podrían aprender a superar muchas de las situaciones que aportan algo negativo a su comportamiento. Gracias al desarrollo de competencias sociales, académicas y vocacionales superarían la adversidad, recuperándose y saliendo fortalecidos de situaciones trágicas, pudiendo tener una vida adulta exitosa olvidando que pasaron por traumas o eventos vitales negativos en su infancia.

Hacer frente y aprender de una adversidad (resiliencia) provocan el fortalecimiento del temperamento y de los atributos de la personalidad del individuo.

Esther Mª Guillén Melgar

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